Tipos de falacias: seis errores de razonamiento que se aprovechan de tus sesgos
Una conclusión convincente no es una conclusión demostrada. Seis tipos de falacias habituales en el debate público: qué deforma cada una, qué sesgo la vuelve persuasiva y qué preguntas la desmontan.
Esa distancia entre lo afirmado y lo probado es la que examina el briefing diario de sinsesgo, que separa en cada noticia los datos verificados de cómo la cuenta cada bloque de medios. Las falacias suelen aparecer en el paso del dato al relato.
Convencer no es demostrar
«Mi abuelo fumó toda su vida y llegó a los 95 años; fumar no puede ser tan malo». Cada dato puede ser cierto y la conclusión, falsa, porque una vida concreta no desmiente un riesgo que se mide en poblaciones enteras. Por eso juzgar un argumento exige dos preguntas distintas: ¿son verdaderas sus premisas? Y, si lo son, ¿bastan para sostener la conclusión? Una falacia es un razonamiento que falla en la segunda aunque supere la primera.
No necesita ninguna mentira, y por eso cuesta detectarla. Las del debate público son casi siempre informales: su forma es la de un razonamiento corriente y el fallo está en el contenido, en razones irrelevantes, insuficientes o deformadas. Su eficacia depende menos del argumento que de quien lo escucha.
Falacias, retórica, sesgos y persuasión: cuatro cosas distintas
Una falacia es un error de razonamiento: las premisas no sostienen la conclusión, y el fallo puede señalarse en el texto. Un recurso retórico es una manera de decir, no de probar: el eslogan «OTAN, de entrada no» resumía una postura sin argumentarla, y no por eso era falaz. Un sesgo cognitivo no está en el texto, sino en quien lo lee: es una tendencia sistemática del juicio, como creer frecuente lo que se recuerda con facilidad. Un mecanismo de persuasión es el proceso por el que un mensaje cambia lo que creemos, con buenas razones o sin ellas: la repetición vuelve más creíble una afirmación, sea cierta o falsa.
Entre falacias y sesgos cognitivos hay una relación de aprovechamiento: la falacia no crea el sesgo, le ofrece una justificación respetable. Ziva Kunda lo explicó al estudiar el razonamiento motivado (1990): tendemos a la conclusión que preferimos, pero solo en la medida en que podemos justificarla con razones que parezcan sólidas. Las falacias lógicas, o falacias argumentativas, son esas razones.
Los seis tipos de falacias que siguen se agrupan según lo que deforman, y sus ejemplos combinan episodios documentados con frases construidas para ilustrarlas.
Cuando se recortan las opciones: el falso dilema y la pendiente resbaladiza
Un falso dilema reduce las salidas posibles a dos y, descartada una, impone la otra: «o A o B; A es inaceptable; luego B». El paso lógico es correcto, porque si de verdad solo hubiera dos opciones, rechazar una obligaría a aceptar la otra. El error está en la premisa que lo afirma, que calla alternativas intermedias, combinaciones o terceras vías sin demostrar que no existan. La pregunta que lo desarma nace de esa estructura: ¿agota esta disyuntiva las posibilidades, o solo las que convienen a quien la plantea?
«O están con nosotros o están con los terroristas», advirtió George W. Bush a otros gobiernos en septiembre de 2001. Como regla para juzgar posturas, la frase dejaba fuera a quien condenaba el terrorismo y discrepaba de una respuesta concreta. Ni siquiera una papeleta de dos casillas agota las posiciones: en el referéndum sobre la OTAN de 1986, la coalición de Manuel Fraga no pidió el sí ni el no, sino la abstención.
El falso dilema convence porque ahorra matices y porque hace coincidir cada opción con una identidad, de modo que elegir se parece a declarar de qué lado estás. Si notas esa presión, distingue: ¿se te pide una opinión sobre el asunto o una adhesión a un bando?
La pendiente resbaladiza rechaza una decisión por las consecuencias que, se asegura, desencadenará: tras el primer paso vendrán el segundo y el tercero, hasta un desenlace indeseable. Advertir de un riesgo no es falaz; la falacia aparece cuando la cadena se da por segura sin mostrar qué une cada eslabón con el siguiente. Es un error de probabilidad, porque las probabilidades de los eslabones se multiplican: cuatro pasos con un 70 % de probabilidad cada uno dejan el desenlace en un 24 %. De ahí sus preguntas: ¿qué mecanismo lleva de cada paso al siguiente, y quién tendría que decidir cada uno?
El debate constitucional de 1978 sobre el término «nacionalidades» ofrece una advertencia planteada como riesgo. El diputado de Alianza Popular Alberto Jarabo Payá habló de «un camino que puede llevarnos» a la desintegración de la unidad de España, y precisó: «yo no digo que sea así», según el Diario de Sesiones. La falacia empezaría al afirmar que el reconocimiento conduciría necesariamente a la ruptura. Su fuerza viene del miedo: las pérdidas pesan más que las ganancias equivalentes, como mostraron Kahneman y Tversky en su teoría de las perspectivas, y un desenlace grave distrae de los pasos intermedios.
Cuando se cambia de adversario: el hombre de paja y el ataque personal
La falacia del hombre de paja refuta una tesis distinta de la que sostiene el interlocutor. Tiene tres movimientos: se reformula su postura, se presenta la reformulación como equivalente y se ataca la versión nueva. Es un error de pertinencia: aunque la refutación sea correcta, no alcanza a la tesis que estaba en discusión. En este diálogo, hipotético y construido para esta guía, los tres movimientos caben en una frase:
A: «Creo que los inmigrantes en situación administrativa irregular deberían ser expulsados».
B: «O sea, que quieres echar a la gente por el color de su piel. Eso tiene un nombre: racismo».
La distorsión entra con el «o sea», que presenta como equivalencia lo que es un cambio de tesis. A propone un criterio jurídico: la Ley Orgánica 4/2000 califica como infracción grave «encontrarse irregularmente en territorio español» y permite sancionarla con la expulsión, sea cual sea el aspecto de la persona. B cambia ese criterio por el color de la piel y le añade una intención, el racismo, que A no ha expresado y nadie ha demostrado.
Por eso la réplica de B, impecable contra lo que refuta, no toca lo que A dijo: que expulsar a alguien por su color de piel sea inaceptable no dice nada sobre si conviene expulsar a quien carece de permiso. B podía discutir la proporcionalidad de la medida, su viabilidad o la situación de quienes llevan años arraigados en España, y la acusación les ahorra esa discusión a los dos.
Esto no vuelve falaz cualquier acusación de discriminación. Criticar una política migratoria por sus posibles efectos discriminatorios es un argumento sobre consecuencias, y se juzga con pruebas. En 1992, la policía pidió la documentación en la estación de Valladolid a Rosalind Williams, española de origen estadounidense, y a nadie más del andén. El Tribunal Constitucional aceptó el uso del «criterio racial como meramente indicativo», pero en 2009 el Comité de Derechos Humanos de la ONU concluyó que los rasgos físicos o étnicos no deben tomarse «como indicios de su posible situación ilegal». Hablar ahí de discriminación describía un criterio probado.
Lo decisivo es que haya una tergiversación demostrable de lo que el otro sostiene, no que aparezca la palabra «racismo». La maniobra tampoco tiene ideología: quien defiende regularizar a los inmigrantes sin papeles suele oír que quiere «abrir las fronteras a todo el mundo». Para no caer en esta falacia, la comprobación se hace antes de rebatir: ¿es esta la postura que el otro ha defendido, con sus palabras y su alcance? ¿La firmaría tal como la he formulado?
Cuando la réplica abandona la propuesta para juzgar a quien la hace, el hombre de paja desemboca en el ataque personal, o falacia ad hominem: rechazar una tesis por rasgos de quien la sostiene, como su carácter, sus intereses o su incoherencia, en lugar de por sus razones. Es otro error de pertinencia, porque la verdad de una afirmación no depende de quién la formula. Deja de serlo cuando lo que se discute es la persona misma, por ejemplo su credibilidad como testigo.
La frontera se traza con una pregunta: ¿lo que dice necesita que le creamos, o puede comprobarse sin fiarse de nadie? «No merece la pena escucharle: ha incumplido sus promesas» pesa al juzgar su credibilidad, no una propuesta con datos, y el «y tú más» no responde a nada, porque dos conductas reprochables no se anulan. Lo sostiene el efecto halo, que Edward Thorndike describió en 1920: la impresión que nos causa alguien contamina el juicio sobre cada cosa que dice. Para descubrirlo en ti, pregúntate si pensarías lo mismo si lo dijera alguien a quien admiras.
Cuando se estira la evidencia: la generalización apresurada y la falsa causa
La generalización apresurada infiere una regla sobre un conjunto a partir de una muestra demasiado pequeña o poco representativa: «conozco a tres personas de esa profesión y las tres son arrogantes». Es una inferencia inductiva, y la inducción no garantiza su conclusión: la hace más o menos probable según cuántos casos se observan y cómo se eligen, que es lo que la ciencia controla cuando generaliza. El error consiste en dar a la regla una solidez que la muestra no le presta.
El mismo salto lleva de un caso de corrupción a la condena de todo un partido, cuando los tribunales juzgan a personas concretas por hechos concretos. Parece razonable porque unos pocos casos se recuerdan con facilidad, el atajo que Amos Tversky y Daniel Kahneman llamaron heurístico de disponibilidad (1973), y la prensa lo alimenta sin faltar a la verdad, porque publica lo excepcional. Ante un «todos» o un «siempre», la comprobación es doble: cuántos casos se conocen y de qué total, y si llegaron hasta uno por representativos o por llamativos.
La falsa causa afirma una relación causal sin pruebas suficientes. Su forma clásica, post hoc, ergo propter hoc, toma la sucesión por causalidad; otras inflan una causa real hasta hacerla única. Cualquier afirmación causal debe superar tres preguntas que esta falacia se salta: ¿es solo una coincidencia? ¿Hay otra causa que explique lo mismo? ¿Podría funcionar al revés?
Con la llegada del euro en 2002, muchos consumidores concluyeron que la nueva moneda lo había encarecido todo. Un estudio del Banco de España estimó que el cambio añadió cuatro o cinco décimas a la inflación media de ese año, un impacto «moderado» y «transitorio», inferior al percibido: la causa existía, pero no explicaba todo lo que se le atribuía.
El mismo estudio describe un mecanismo que une falacia y sesgo. Al convertir mentalmente a pesetas, el consumidor aceptaba «sin mayor comprobación» los precios que coincidían con lo que esperaba y solo hacía la cuenta exacta cuando no; el resultado era «el sesgo de la percepción en la dirección de la expectativa». La pregunta que lo habría corregido es sencilla: ¿habrían subido igual esos precios sin el euro?
Por qué sobreviven estos tipos de falacias
Una conclusión aceptada tiende a convertirse en el marco desde el que se lee la noticia siguiente. En un experimento clásico, Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper dieron a partidarios y detractores de la pena de muerte los mismos dos estudios (1979), y cada grupo juzgó más sólido el que le daba la razón. La repetición refuerza el marco: oír una afirmación varias veces la hace parecer más cierta, incluso cuando contradice lo que sabemos, según la revisión de Jessica Udry y Sarah Barber (2024).
Muchas falacias caben en un titular, y un medio que las cita no las suscribe, pero decide cuánto contexto les pone al lado; la guía sobre el encuadre mediático explica ese margen.
La última trampa es aplicar todas estas preguntas solo hacia fuera. Emily Pronin, Daniel Lin y Lee Ross llamaron punto ciego del sesgo (2002) a la tendencia a vernos menos sesgados que los demás. Etiquetar un argumento no lo refuta, y un argumento falaz no vuelve falsa su conclusión: solo demuestra que necesita otras razones. La prueba que las resume es la simetría: si no concederías validez al mismo argumento a favor de la conclusión contraria, has encontrado una de tus falacias. Y cuando una explicación confirme justo lo que ya pensabas, pregúntate:
¿Esto demuestra lo que creo, o solo me da una buena razón para seguir creyéndolo?
El analizador de argumentación del pipeline de sinsesgo busca en cada artículo falacias, generalizaciones sin atribuir y atribuciones de intención, como detalla el funcionamiento del pipeline. Haz lo mismo con el briefing de hoy: elige una noticia y localiza dónde cada versión salta de lo documentado a lo que quiere concluir.
Fuentes
- Ziva Kunda, «The case for motivated reasoning», Psychological Bulletin, 108(3), 1990.
- Amos Tversky y Daniel Kahneman, «Availability: A heuristic for judging frequency and probability», Cognitive Psychology, 5(2), 1973, y Daniel Kahneman y Amos Tversky, «Prospect theory: An analysis of decision under risk», Econometrica, 47(2), 1979.
- Edward L. Thorndike, «A constant error in psychological ratings», Journal of Applied Psychology, 4(1), 1920.
- Charles G. Lord, Lee Ross y Mark R. Lepper, «Biased assimilation and attitude polarization», Journal of Personality and Social Psychology, 37(11), 1979.
- Jessica Udry y Sarah J. Barber, «The illusory truth effect», Current Opinion in Psychology, 56, 2024.
- Emily Pronin, Daniel Y. Lin y Lee Ross, «The bias blind spot», Personality and Social Psychology Bulletin, 28(3), 2002.
- Banco de España, «El impacto de la puesta en circulación del euro sobre los precios de consumo», Documento Ocasional 0404, 2004.
- Casa Blanca, discurso de George W. Bush ante el Congreso, 20 de septiembre de 2001.
- BOE, Real Decreto 214/1986, de convocatoria del referéndum sobre la OTAN, y Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, crónica del referéndum del 12 de marzo de 1986.
- Congreso de los Diputados, Diario de Sesiones de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas, núm. 66, 12 de mayo de 1978.
- BOE, Ley Orgánica 4/2000, artículos 53 y 57; Tribunal Constitucional, sentencia 13/2001, y Comité de Derechos Humanos de la ONU, dictamen Williams Lecraft c. España, 2009.